"Háblame, oh Musa, y cuéntame del hábil varón que en su largo extravío, tras haber arrasado la
sagrada ciudadela de Ilión, conoció las ciudades y el ingenio de innumerables gentes".
Homero, Odisea, Canto I
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jueves, 1 de agosto de 2013
La Amistad en la Hora Azul
Existe un periodo de tiempo, posterior a la puesta del Sol, en el que todo queda envuelto en una mágica luz azul que lentamente se va volviendo más y más profunda hasta fundirse en el negro de la noche cerrada. Los fotógrafos la denominan "la Hora Azul".
No creo equivocarme si afirmo que todos tenemos alguna experiencia vital memorable ligada a esa "hora". Tal vez por ello resulte tan evocadora y fascinante.
A mi hijo David le encanta ese lugar concreto. Él lo llama "el restaurante de las hadas" y pocas cosas le gustan más que dejar volar la imaginación sobre la arena mientras el crepúsculo discurre dulcemente. Claro que, ¿a qué niño no?. Y esta vez se encontró allí con una niña de carita linda y lánguida con esas mismas inclinaciones.
No sé gran cosa del encuentro; me limité a observarlo de lejos, sin intervenir. Y a fotografiarlo, claro. Sé que era de otro país, de uno lejano. Oí una conversación de sus padres y era una lengua germánica. No soy un entendido pero me pareció escandinava tal vez. Y no creo que ella supiese castellano. Pero se entendían; los niños saben hacer éso. No necesitan hablar para comprender cuando sus mentes caminan en sintonía.
Deambularon por la playa, contemplaron el mar y el lejano faro. Fueron piratas arribando a una isla lejana. Fueron asombrados exploradores ante Venus resplandeciente. Incluso me pareció que bailaban por un momento.
Ella, tranquila, tal vez tímida, observaba a David moverse acelerado y teatral, contando en voz alta cada cosa que alcanza su imaginación como quien radiase una lluvia de estrellas en riguroso directo. Como la noche y el día, y sin embargo tan iguales.
Llegó con la puesta de Sol y marchó cuando la noche cerraba. Se despidieron junto a los focos de vivos colores que jalonaban la pasarela de madera. Sin tristeza. Supongo que porque ellos comprenden sin dificultad lo obvio: no hubo pérdida alguna por la que sentirla, sólo gozo y experiencia.
Qué sería de nosotros si la vida no nos regalase momentos como ése. Qué sería de mí si no lo tuviese a mi lado.
lunes, 28 de noviembre de 2011
El Pequeño Astronauta
El Pequeño Astronauta surgió de algún diminuto asteroide mas allá de Saturno, tomó altura dulcemente e inició la gran y suave curva que le llevaría hasta la Tierra. Su minúscula cápsula dejó atrás los hielos antiguos, la oscuridad eterna, la quietud sin tiempo. Casi imperceptiblemente.
Apenas un rumor sordo, una luz tenue y rojiza en su interior. Paciente, en silencio; va a casa soñoliento. La lejana luz del Sol, un reflejo blanco y azul, le despertaron. El momento había llegado. Pero el tiempo se alarga hasta hacerse infinito en la inimaginable singladura de su órbita de transferencia. Recorre la elipse casi parado.
Ve Saturno a lo lejos y la luz lo arrulla reflejada en sus anillos. Ve el correr de sus lunas como de manecillas de un gran reloj cósmico y a cada paso la inmensidad de tinieblas se quiebra poco a poco bajo su esfera como la helada costra de un estanque en invierno, dejando que la luz la venza.
Pasa junto al enorme Júpiter, saludando sus tempestades, esquivando su prole. Luego una miríada de pequeños mundos apenas distinguible. Y luego Marte.
El Sol ya empezaba a caldear cuando una tenue brisa, apenas una ráfaga sin importancia, lo separa de su trayectoria, lo deja sin comunicaciones. Un mundo que apenas lo espera ya no lo escucha. Su señal se hace débil, el silencio lo va envolviendo todo.
Pasa junto a la Luna apenas creciente y sigue luego hacia la gran esfera azul. Se aproxima a la cuna, la ve hacerse grande a cada momento, tan cerca y tan lejos por el capricho de apenas un grado. Su curva se retuerce como si quisiera ceñir aquel mundo, como si quisiera alcanzar la línea misma de su horizonte con la grácil pirueta de una bailarina. Pero no es cierto; la volteará y saldrá despedido. No conocerá el rumor del mar al romper las olas sobre la playa.
Tiene el mundo apenas a un suspiro, inmenso, ocupando la mitad del orbe junto a él. Ve los mares y las tierras, las nubes, las montañas. Ve bosques y desiertos, contempla ciudades prendidas de luz en la noche, extensas y delicadas borrascas sobre los océanos, las sombras alargadas de las cordilleras sobre la planicie a sus pies. Siente la vida borboteante, palpitante. En su perigeo pasa sobre el Mediterráneo y ve un barco surcándolo y una isla al fondo, hacia la que se dirige, y en ella torres de piedra sobre los acantilados, y sobre ellas pájaros majestuosos. Luego la curva recupera altura, el mundo gira y, lentamente, se aleja. En silencio.
Se adentra en el reino del Sol. Su inmensa curva no se detendrá, seguirá imperturbable. Lo acercará primero a la luz y luego lo volverá a sumergir en las tinieblas. Contemplará el suceder de las eras, sabrá del discurrir de los eones.
En silencio, el Pequeño Astronauta se durmió, acurrucado bajo la menguante luz rojiza. No despertará; las estrellas besaron su dulce frente.
viernes, 12 de noviembre de 2010
De la niñez, Saturno y sus anillos.
Tuve la suerte de nacer justo en el comienzo de la época dorada de la exploración del sistema solar. Aquel mismo año, 1972, vio el final del programa lunar, cuando casi exactamente a la medianoche del 14 de diciembre despegaba de la superficie de nuestro satélite la última tripulación que lo ha visitado hasta el día de hoy. Y con ella se apagaban los últimos rescoldos de la carrera espacial, ese modo de entender la exploración del espacio como una mera disputa de supremacía geoestratégica.
Callaron la propaganda y la política y empezó a hablar la ciencia; el 3 de marzo de 1972 la NASA lanzaba la Pioneer 10, el primer objeto lanzado por el hombre que lograría alcanzar Júpiter y luego superar la frontera del sistema solar. El 6 de abril de 1973 lanzaban la Pioneer 11, también a Júpiter y mas tarde a Saturno. El 21 y 25 de julio y el 5 y 9 de agosto de ese año los soviéticos lo hacían con la Mars 4, 5, 6 y 7 con destino Marte, y el 3 de noviembre los americanos con el Mariner 10 a Venus y Mercurio. El 8 y 14 de junio de 1975 despegaban las Venera 9 y 10 (soviéticas) rumbo a Venus, y el 20 de agosto y 9 de septiembre las Viking 1 y 2 (americanas) a Marte.
En mis primeros cuatro años de vida se lanzaron 11 sondas espaciales, se visitaron por primera vez tres planetas (Mercurio, Júpiter y Saturno) y se aterrizó en dos mas (Venus y Marte). Supongo que todo aquel torrente de efemérides increíbles y excitantes y las maravillosas fotografías que las acompañaron lograron impactarme de tal modo la imaginación que mi mente y mi corazón quedaron atrapados para siempre por la fascinación de la astronomía. Demasiado pequeño para saber el significado de aquellas cosas, los nombres de los planetas se convirtieron en sinónimo de asombro y maravilla.

Antes de aprender a leer ya rebuscaba entre las ilustraciones de los libros de mis padres tratando de encontrar fotografías o dibujos de Marte, la Luna, Júpiter ... Pero sobre todas las cosas, Saturno. Con sus anillos orbitándole, era la quintaesencia misma de lo extraordinario y su sola visión trasportaba mi imaginación a través del espacio infinito. Mas tarde, cuando aprendí a desentrañar el secreto de la palabra escrita, los textos al pie de aquellas ilustraciones me descubrieron que además era un mundo inconcebiblemente grande (aunque también descubrí con frustración que no era el mayor de todos) y que estaba acompañado de mas de una decena de satélites, entre ellos uno llamado Titán; ¡qué increíble sería ver aquel cielo lleno de lunas!.
Y en esas, tal día como hoy de hace exactamente 30 años, otra sonda espacial, la Voyager 1 llegó hasta él. En realidad yo no me enteraría hasta el día siguiente, el 13 de noviembre cuando mi madre me anunció que en el telediario habían contado que una nave espacial había pasado junto al planeta y había transmitido increíbles fotografías de sus anillos en las que se veía que cada uno de ellos estaba en realidad formado por miriadas de otros mucho mas pequeños apiñados unos junto a otros. Asombrada, me describió una foto en la que los anillos parecían la superficie de un disco de vinilo "con mas colores que el arco iris".
En los días siguientes asistí hipnotizado al desfilar de imágenes y datos, y algo indefinible empezó a agitarse en mi interior. Algo que trataba de tomar forma, de lograr expresión y salir a la luz. Y al fin lo hizo unos pocos meses mas tarde, en agosto de 1981 cuando, por pura casualidad, vi el primer capítulo de la serie documental Cosmos, la genial obra de Carl E. Sagan. Entonces, toda la fascinación y el asombro que durante aquellos 9 años había desarrollado por las astronomía cobraron sentido al descubrir que la ciencia era un modo de vida, que descubrir el mundo era una forma de estética, que existía una armonía sublime entre lo inmenso, el Universo, y lo humilde y cotidiano, la vida misma, nuestra vida como individuos.
A partir de ese momento supe lo que quería hacer con mi vida y dónde estaría el refugio seguro para mi alma; para siempre, entre las estrellas. Hay que ver lo que pueden hacer los anillos de un planeta ...
Por increíble que pueda parecer, es posible fotografiar los anillos de Saturno e incluso su mayor satélite, Titán, con un simple teleobjetivo (y mucha paciencia), en este caso un 350 mm a f:5, con 1/40 s y 2 s de exposición respectivamente. Titán es el pequeño trazo abajo a la izquierda junto a Saturno. Se puede apreciar que está en el mismo plano que los anillos del planeta.
P.D.: 30 años, ¡madre mía, como pasa el tiempo!
viernes, 1 de octubre de 2010
Ascenso y caída de Axel "Gillette"

Me miro al espejo y el éxito me saluda. Hola; mi nombre es Axel y todos ustedes me conocen. Soy ese hombre que sale en los anuncios de productos para el afeitado en horario de máxima audiencia. Soy la viva imagen del triunfo, de la seguridad, del liderazgo. Yo soy el macho alfa.
Me levanto cada mañana entre carísimas sábanas de un blanco deslumbrante que cambio cada semana para que jamás lo pierdan. Y salgo de ellas justo cuando el Sol amanece rojo y radiante, iluminando el cuerpo desnudo de mi amante, una rubia despampanante que aun duerme apenas cubierta por un pliegue. Voy al baño sin asomo de cansancio ni pereza, tan solo para afeitar una barba incipiente que la noche anterior me sirvió para seducir sin remisión y que desaparece limpiamente sin ofrecer resistencia al deslizar de la cuchilla.
Tengo un lujoso ático/dúplex/loft en pleno centro por el que pago una barrabasada, un Audi TT nuevo que me cambiaré en dos años y unas Ray-Ban de edición limitada. Mi piel solo la tocan trajes de Armani, perfumes de Hugo Boss y un reloj tan caro que con lo que me costó viviría una tribu en Somalia durante un año. Desayuno café solo y whiskey de malta que me traen ex-profeso de Escocia.
¿Hay algo que no tenga? Sí, por supuesto; no tengo un solo pelo fuera de mi cabeza, ni un gramo de grasa localizable en mi perfecta anatomía. Piso mas el gimnasio que la casa de mis padres y nunca me abandona el desodorante.
Trabajo como asesor financiero para una multinacional, mi sueldo mensual se escribe con seis cifras y tengo una Visa Oro. Presumo de gastar mas de lo que ingreso y de que me den crédito en todas partes. No tengo horarios ni calendario. Viajo en Business y cinco estrellas. Nunca digo mas de dos palabras al servicio ni admito excusas. Reservo mi conversación para los que estén a mi altura.
* * *
Me ha citado mi jefe para dentro de media hora. Afilo la mirada; la semana pasada despidieron a Morgan y hace un mes a Lehmann. Cada vez menos tiburones en la piscina, mas carnaza para mí. No me han dicho para qué me mandó llamar pero no me cabe la menor duda de que para darme las carteras de clientes de esos perdedores.
Dicen que Morgan ha tenido que devolver el coche de empresa, que ha dejado su apartamento en el Soho, y que ya no le quieren ni ver en el Club de Tenis. De Lehman cuentan cosas peores; que no pudo pagar las deudas y perdió su casa, que lo dejó su novia por otro, que no encuentra empleo porque tiene demasiado currículum, que hizo de chapero en algún bar para ejecutivos hasta que se pasó de la raya con la cocaína (me salió un chiste) y le quedaron secuelas, que le han visto intentando vender pañuelitos en los semáforos ... Perdedores.
Mi jefe es un tipo gordo, calvo y peludo. Tiene una mujer horrible y un perro detestable. No nos parecemos en nada y me resulta imposible pensar que con el tiempo me acabe convirtiendo en él pero, por otro lado, mi carrera me lleva a eso. Tarde o temprano escalaré hasta donde él se encuentra y se echará a un lado o le apartaré, ¿seré entonces como él?. Al pensarlo por una vez una cierta angustia me recorre el espinazo y el vientre mientras entro en su despacho y me dirijo a su lujosísima mesa de madera tropical. Una angustia que no se reduce, antes al contrario, al contemplar su expresión, con una sonrisa reptiliana dibujada en su semblante. Me invita a sentarme, me empieza a hablar de la crisis, la empresa ha de satisfacer las expectativas de sus inversores, hay que aligerar el número de ejecutivos. No hay que verlo como un fracaso; es una oportunidad ...
La navaja se desliza, pero esta vez a su paso sale sangre. Me sorprende: la sangre es roja, quién lo iba a decir.
jueves, 12 de agosto de 2010
El erizo, el astrónomo, los caracoles y las espirales.
Ya lo referí en otra ocasión; la concha de un caracol es un asunto de lo mas delicado ...
El erizo me hizo notar que aunque bajo el Sol hacía mucho calor la brisa era fresca y agradable. Eso es importante si eres un astrónomo escribiendo fórmulas en un papel. Así que me invitó a compartir la sombra de una higuera. Luego continuó con su disertación.
"Toma un número -dijo el erizo-, súmale uno y divídelo por sí mismo. Si el resultado es el mismo número que tomaste, entonces te hayas en presencia del Número Sagrado".
"¿Y por qué es sagrado?" -pregunté incauto-.
"¿Me tomas por estúpido? Pregúntale a los caracoles. Yo estoy demasiado ocupado con mis teoremas" -y dio por concluida la conversación.

Me fui de allí sentado en una silla de anea azul, deambulando ociosamente tras unas abubillas que me miraban con creciente indignación. Son criaturas muy estiradas y pomposas las abubillas.
Cambié de tercio (y de silla) para no seguir incomodándoles pero el mediodía andaba en pleno apogeo y no llegué muy lejos. De la higuera pasé a una sabina a la que unas alegres lagartijas me habían invitado. Y no puedo negar que fuera una visita interesante y productiva; ¿sabían ustedes que las lagartijas trepan a los árboles y saltan de rama en rama como las ardillas? Pero me estoy desviando del tema ...
Entonces, si tomamos un número "a" y lo multiplicamos por el número "sagrado" del erizo, y luego al número así obtenido, "b", le sumamos el primero, el resultado de esa suma (o sea, "a+b") guardará la misma proporción respecto a "b" que "b" guardaba respecto a "a". Fantástico ... pero, ¿por qué?. Tal vez por eso dice el erizo que es sagrado ...

Debí de poner una cara tan estúpida al tener esa revelación que un coro de conejos se partió de risa a mi costa. Pensé, indignado al notarlo, que no tenían razón alguna para el cachondeo esa panda de lagomorfos que no sabían hacer la "o" con un canuto y perdían sistemáticamente al ajedrez con el autillo todas las puñeteras noches. Comprensiva, una lagartija me sacó la lengua y me dio unas palmadas en la espalda. "Ya lo entenderás, ya", dijo.
La lagartija me dio la dirección del lirón careto, un tipo de lo más profesional (¡pese a ser matemático!) y mucho más simpático que el erizo. Sus únicos defectos eran sus costumbres noctámbulas y sus modales en la mesa. Pero a esas alturas no estaba para exquisiteces. Para mi sorpresa aquél redundó en lo dicho por el erizo, que preguntase a los caracoles, y se brindó a acompañarme. Porque no es tarea fácil.

"Nada impide -dijo el lirón mientras caminábamos- que tanto "a" como "b" puedan ser segmentos o incluso figuras geométricas de dimensión definida, sea su radio, su perímetro, su área, su volumen, ..."
"¿Se puede, pues, generalizar a n-dimensiones, por ejemplo a hipervolúmenes de 4 o más dimensiones?" -pregunté.
"Claro, por supuesto" -respondió.
"¿Incluso a un espacio de Minkovsky, al "espacio-tiempo" relativista, tomando también el tiempo como dimensión en la que se produce la progresión?" -insistí.
"Bueno, si te place ... Pero ¿no preferirías sobre una cinta de Möbius? El resultado es de colores ...".
Entonces llegamos a los caracoles, que estaban enterrados en tierra y ellos me contaron que si cogía el extremo de su caparazón con la mano y me dejaba deslizar hacia dentro cada media curva el radio se reduciría en la justa proporción del número "sagrado", de tal modo que al completar los 360 grado, en lugar de volver al punto inicial me encontraría mas cerca del centro en la misma proporción en la que los radio se habían reducido, y nuevamente en la siguiente curva sucedería los mismo, y lo mismo en la siguiente y así, ... "¿hasta el infinito?", le espeté. "No, por supuesto. Mucho antes habrás llegado al Cosmos que se oculta en su interior" -contestó el caracol. "Entonces, ¿cada concha que hay en la tierra de este huerto es un Universo?", dije asombrado. "No. Pero son los caminos que conducen hasta ellos. No obstante ten cuidado. Las conchas de las almejas no te valen; ésas guardan secretos mas profundos y complejos". Pero a esas alturas ya no le escuchaba; solo pensaba en cuántos ilimitados universos cabrían en aquel pequeño huerto.

P.D.: A ver quién sabe de que narices estoy hablando ...
El erizo me hizo notar que aunque bajo el Sol hacía mucho calor la brisa era fresca y agradable. Eso es importante si eres un astrónomo escribiendo fórmulas en un papel. Así que me invitó a compartir la sombra de una higuera. Luego continuó con su disertación.
"Toma un número -dijo el erizo-, súmale uno y divídelo por sí mismo. Si el resultado es el mismo número que tomaste, entonces te hayas en presencia del Número Sagrado".
"¿Y por qué es sagrado?" -pregunté incauto-.
"¿Me tomas por estúpido? Pregúntale a los caracoles. Yo estoy demasiado ocupado con mis teoremas" -y dio por concluida la conversación.
Me fui de allí sentado en una silla de anea azul, deambulando ociosamente tras unas abubillas que me miraban con creciente indignación. Son criaturas muy estiradas y pomposas las abubillas.
Cambié de tercio (y de silla) para no seguir incomodándoles pero el mediodía andaba en pleno apogeo y no llegué muy lejos. De la higuera pasé a una sabina a la que unas alegres lagartijas me habían invitado. Y no puedo negar que fuera una visita interesante y productiva; ¿sabían ustedes que las lagartijas trepan a los árboles y saltan de rama en rama como las ardillas? Pero me estoy desviando del tema ...
Entonces, si tomamos un número "a" y lo multiplicamos por el número "sagrado" del erizo, y luego al número así obtenido, "b", le sumamos el primero, el resultado de esa suma (o sea, "a+b") guardará la misma proporción respecto a "b" que "b" guardaba respecto a "a". Fantástico ... pero, ¿por qué?. Tal vez por eso dice el erizo que es sagrado ...
Debí de poner una cara tan estúpida al tener esa revelación que un coro de conejos se partió de risa a mi costa. Pensé, indignado al notarlo, que no tenían razón alguna para el cachondeo esa panda de lagomorfos que no sabían hacer la "o" con un canuto y perdían sistemáticamente al ajedrez con el autillo todas las puñeteras noches. Comprensiva, una lagartija me sacó la lengua y me dio unas palmadas en la espalda. "Ya lo entenderás, ya", dijo.
La lagartija me dio la dirección del lirón careto, un tipo de lo más profesional (¡pese a ser matemático!) y mucho más simpático que el erizo. Sus únicos defectos eran sus costumbres noctámbulas y sus modales en la mesa. Pero a esas alturas no estaba para exquisiteces. Para mi sorpresa aquél redundó en lo dicho por el erizo, que preguntase a los caracoles, y se brindó a acompañarme. Porque no es tarea fácil.
"Nada impide -dijo el lirón mientras caminábamos- que tanto "a" como "b" puedan ser segmentos o incluso figuras geométricas de dimensión definida, sea su radio, su perímetro, su área, su volumen, ..."
"¿Se puede, pues, generalizar a n-dimensiones, por ejemplo a hipervolúmenes de 4 o más dimensiones?" -pregunté.
"Claro, por supuesto" -respondió.
"¿Incluso a un espacio de Minkovsky, al "espacio-tiempo" relativista, tomando también el tiempo como dimensión en la que se produce la progresión?" -insistí.
"Bueno, si te place ... Pero ¿no preferirías sobre una cinta de Möbius? El resultado es de colores ...".
Entonces llegamos a los caracoles, que estaban enterrados en tierra y ellos me contaron que si cogía el extremo de su caparazón con la mano y me dejaba deslizar hacia dentro cada media curva el radio se reduciría en la justa proporción del número "sagrado", de tal modo que al completar los 360 grado, en lugar de volver al punto inicial me encontraría mas cerca del centro en la misma proporción en la que los radio se habían reducido, y nuevamente en la siguiente curva sucedería los mismo, y lo mismo en la siguiente y así, ... "¿hasta el infinito?", le espeté. "No, por supuesto. Mucho antes habrás llegado al Cosmos que se oculta en su interior" -contestó el caracol. "Entonces, ¿cada concha que hay en la tierra de este huerto es un Universo?", dije asombrado. "No. Pero son los caminos que conducen hasta ellos. No obstante ten cuidado. Las conchas de las almejas no te valen; ésas guardan secretos mas profundos y complejos". Pero a esas alturas ya no le escuchaba; solo pensaba en cuántos ilimitados universos cabrían en aquel pequeño huerto.
P.D.: A ver quién sabe de que narices estoy hablando ...
sábado, 7 de agosto de 2010
Los amores imposibles
Dice la canción que los únicos amores perfectos, los únicos que no mueren ni se olvidan, son los amores imposibles. Y así era el amor del faro.
Cada noche, al prender su luz y comenzar su jornada, atisba el horizonte y busca a su amada. Y tan a menudo se siente desolado por verla ya lejos al oeste y comprender que no supo de su paso por estar dormido. Pero otras no la ve y entonces se sienta pacientemente a esperar su aparición sobre las aguas a Levante.
Deja pasar las horas enfrascado en su dura e interminable labor, señalando su alta roca hasta mas allá del horizonte, sosteniendo con su esfuerzo la frágil vida de pescadores y marineros. Mientras hila su luz se enardece, se siente poderoso y en su mente se hace paso la firme decisión de no dejar pasar mas ocasiones, de proclamarle su amor, de deslumbrarla con sus más radiantes y azules rayos. Ve claro el camino, evidentes las razones y se vuelve casi impaciente de que llegue el momento que tantas otras veces esquivó por miedo.

Y entonces, ya pasada la medianoche, la ve aparecer sobre las aguas, dulce y sinuosa, hermosa, fascinante. Se siente confuso, balbucea, duda, vacila, se arrastra, se oculta, se miente, se convence, se da la vuelta y aprieta los dientes. Pasa un minuto, dos, diez, veinte, ella se alza, vuela sobre su cabeza, y cuanto mas alta mas absurda parece la idea de llamar su atención, de incordiarla con sus paupérrimas razones, de hacerle el feo de que pose sus ojos sobre él. La deja pasar sintiendo exhalar un cachito del alma que marcha hacia ella pero cae poco mas allá y se pierde para siempre.
El faro se da la vuelta, vuelve a su faena sangrando por dentro una vez mas y se explica, también una vez mas, que no puede, que no sirve, que no merece, que no alcanza, que es demasiado insignificante. Y piensa también que es mejor así, que si ella le correspondiese tendría que marchar y dejar la roca y su dura faena, su dura e imprescindible faena, y él no puede marchar de aquella roca que es su roca, donde nació, donde aprendió su oficio, donde están sus raíces y los que le necesitan, y no puede abandonar su faena, por mas dura e interminable que sea porque nadie mas la puede hacer y son tantas las vidas, las frágiles vidas que dependen de ello. Son tan pequeños e insignificantes los hombres sobre la mar que hasta una soga de luz les es imprescindible para simplemente seguir vivos. Esos débiles e insignificantes e inconscientes hombres que lo mantienen atado sin esperanza a la roca con sus débiles e insignificantes e inconscientes necesidades, impidiéndole marchar con su amada.

Ve entonces marchar hacia el oeste un velero y lo cree en pos de su amada. Y en un arrebato de celos y de ira lo engaña con su haz, lo pone con rumbo equivocado, lo dirige hacia las rocas y contempla como se estrella contra ellas. El cachito de alma que exhaló muere sobre las aguas con los marineros del velero. Pero su ira se enfría y su mente se calma de tormentas. Vuelve a su interminable labor y se olvida poco a poco. Tal vez la próxima vez tenga fuerzas y voluntad y coraje para decirle a la Luna que la ama y tal vez ella le corresponda.
Pero el faro se miente. Y no porque la Luna pueda o no pueda corresponderle. Se miente porque su cobardía no nace de temer que le rechace; su cobardía surge del temor de que le correspondiese. Él no quiere marchar de la roca, no quiere dejar su dura e interminable e inútil tarea. No quiere comprobar a qué saben sus besos ni saber de los recovecos de su alma. Él prefiere la tranquila estabilidad de su anodina vida en la que cada cosa tiene su sitio y hay un sitio para cada cosa. No quiere arriesgarse ni aventurarse, no quiere ver lugares desconocidos ni esforzar palabras y gestos. No quiere confrontar su amor perfecto con su amada real. Él sólo quiere una fantasía que ilumine sus jornadas y sus esfuerzos.

Un día, justo al ocaso, ella surge de las aguas con vestido de gasa rojo, más hermosa y radiante que nunca. Él brilla azul un instante junto a ella. Y bailan sin él saberlo. Porque él sigue perdido en sus excusas y se refugia en sus razones. Y pierde una vez mas la oportunidad; porque aunque en realidad ella no sabe siquiera de su existencia, le está regalando en ese preciso instante una mota de eternidad. Mientras él mira para otro lado ...

Miente la canción porque no es amor lo que no se tiene fuerzas para consumar. No puedes amar lo que no quieres conocer. Y lo demás solo es ensoñación.
Cada noche, al prender su luz y comenzar su jornada, atisba el horizonte y busca a su amada. Y tan a menudo se siente desolado por verla ya lejos al oeste y comprender que no supo de su paso por estar dormido. Pero otras no la ve y entonces se sienta pacientemente a esperar su aparición sobre las aguas a Levante.
Deja pasar las horas enfrascado en su dura e interminable labor, señalando su alta roca hasta mas allá del horizonte, sosteniendo con su esfuerzo la frágil vida de pescadores y marineros. Mientras hila su luz se enardece, se siente poderoso y en su mente se hace paso la firme decisión de no dejar pasar mas ocasiones, de proclamarle su amor, de deslumbrarla con sus más radiantes y azules rayos. Ve claro el camino, evidentes las razones y se vuelve casi impaciente de que llegue el momento que tantas otras veces esquivó por miedo.

Y entonces, ya pasada la medianoche, la ve aparecer sobre las aguas, dulce y sinuosa, hermosa, fascinante. Se siente confuso, balbucea, duda, vacila, se arrastra, se oculta, se miente, se convence, se da la vuelta y aprieta los dientes. Pasa un minuto, dos, diez, veinte, ella se alza, vuela sobre su cabeza, y cuanto mas alta mas absurda parece la idea de llamar su atención, de incordiarla con sus paupérrimas razones, de hacerle el feo de que pose sus ojos sobre él. La deja pasar sintiendo exhalar un cachito del alma que marcha hacia ella pero cae poco mas allá y se pierde para siempre.
El faro se da la vuelta, vuelve a su faena sangrando por dentro una vez mas y se explica, también una vez mas, que no puede, que no sirve, que no merece, que no alcanza, que es demasiado insignificante. Y piensa también que es mejor así, que si ella le correspondiese tendría que marchar y dejar la roca y su dura faena, su dura e imprescindible faena, y él no puede marchar de aquella roca que es su roca, donde nació, donde aprendió su oficio, donde están sus raíces y los que le necesitan, y no puede abandonar su faena, por mas dura e interminable que sea porque nadie mas la puede hacer y son tantas las vidas, las frágiles vidas que dependen de ello. Son tan pequeños e insignificantes los hombres sobre la mar que hasta una soga de luz les es imprescindible para simplemente seguir vivos. Esos débiles e insignificantes e inconscientes hombres que lo mantienen atado sin esperanza a la roca con sus débiles e insignificantes e inconscientes necesidades, impidiéndole marchar con su amada.

Ve entonces marchar hacia el oeste un velero y lo cree en pos de su amada. Y en un arrebato de celos y de ira lo engaña con su haz, lo pone con rumbo equivocado, lo dirige hacia las rocas y contempla como se estrella contra ellas. El cachito de alma que exhaló muere sobre las aguas con los marineros del velero. Pero su ira se enfría y su mente se calma de tormentas. Vuelve a su interminable labor y se olvida poco a poco. Tal vez la próxima vez tenga fuerzas y voluntad y coraje para decirle a la Luna que la ama y tal vez ella le corresponda.
Pero el faro se miente. Y no porque la Luna pueda o no pueda corresponderle. Se miente porque su cobardía no nace de temer que le rechace; su cobardía surge del temor de que le correspondiese. Él no quiere marchar de la roca, no quiere dejar su dura e interminable e inútil tarea. No quiere comprobar a qué saben sus besos ni saber de los recovecos de su alma. Él prefiere la tranquila estabilidad de su anodina vida en la que cada cosa tiene su sitio y hay un sitio para cada cosa. No quiere arriesgarse ni aventurarse, no quiere ver lugares desconocidos ni esforzar palabras y gestos. No quiere confrontar su amor perfecto con su amada real. Él sólo quiere una fantasía que ilumine sus jornadas y sus esfuerzos.

Un día, justo al ocaso, ella surge de las aguas con vestido de gasa rojo, más hermosa y radiante que nunca. Él brilla azul un instante junto a ella. Y bailan sin él saberlo. Porque él sigue perdido en sus excusas y se refugia en sus razones. Y pierde una vez mas la oportunidad; porque aunque en realidad ella no sabe siquiera de su existencia, le está regalando en ese preciso instante una mota de eternidad. Mientras él mira para otro lado ...

Miente la canción porque no es amor lo que no se tiene fuerzas para consumar. No puedes amar lo que no quieres conocer. Y lo demás solo es ensoñación.
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