"Háblame, oh Musa, y cuéntame del hábil varón que en su largo extravío, tras haber arrasado la

sagrada ciudadela de Ilión, conoció las ciudades y el ingenio de innumerables gentes".

Homero
, Odisea, Canto I



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lunes, 5 de septiembre de 2011

Dyehuty




 Dyehuty representado como babuino con el disco lunar (Fuente: Wikipedia)

Cuenta la leyenda que cuando los egipcios se lamentaron del ocaso del sol en el horizonte occidental, el dios del Sol, Ra, encargó al dios Dyehuty (Thot) la creación de una luz que les alumbrase durante su ausencia. De este modo se originó la luna. Ello convirtió a Dyehuty en el "Señor del tiempo y calculador de los años", el que "separa los tiempos y los meses y los días".

 

También se le atribuía la invención de la escritura jeroglífica. Era, pues, el dios de la Sabiduría. También el del juicio recto, dado que pesaba las almas, pensamientos, palabras y actos de los hombres. Es irónico que hoy, en cambio, a quien pierde el juicio le denominemos "lunático".

* * *

A sus casi tres años, mi hijo es un enamorado de la luna y de la cultura egipcia. Esta entrada es para darle el gustazo y para recordarme a mí mismo que tengo que hacerle mas fotos al disco de Dyehuty.

martes, 12 de abril de 2011

"Ya no puedo escuchar la Tierra. Me adentro en la oscuridad ... " (*)



Cartel conmemorativo, obra de Yui Black en rigurosa exclusiva
para este humilde blog, que refleja a la perfección el riesgo
y la osadía de lo que ocurrió aquella mañana de primavera.


Aquel 12 de abril de 1961, camino de la rampa de lanzamiento, Yuri Gagarin era consciente de que posiblemente estaba a punto de emprender el último viaje de su vida y que la muerte tal vez le aguardase a menos de cinco horas. De hecho estimaba en alrededor de un 50% sus posibilidades de sobrevivir a aquel vuelo. No en balde, el cúmulo de potenciales fallos letales era enorme.

Hacía menos de cuatro años que se habían lanzado el primer satélite artificial (4 de octubre de 1957) y el primer ser vivo a la órbita terrestre (la querida perrita Laika, en el Sputnik 2, el 3 de noviembre de 1957); demasiado poco tiempo como para que la tecnología implicada estuviese lo suficientemente probada, pero la política manda ...

Y no es para menos. Si pensamos en ello un poquito nos daremos cuenta de que el viaje al espacio es poco menos que un triple salto mortal sobre el filo de un cuchillo. Desde el lanzamiento, que consiste aproximadamente en dejar que uno de los mayores artefactos explosivos (al menos potencialmente) jamas construido entre en ignición bajo tus posaderas, hasta el descenso, una caída mas o menos controlada desde mas de 300 km de altura, pasando por sobrevivir al entorno hostil de la órbita terrestre, en un vacío casi total, con cambios extremos de temperatura y bañado en radiaciones de origen diverso. Incontables factores implicados, demasiados resquicios para las averías, los defectos, los fallos, la mala fortuna o los errores.

Hoy nos parece trivial, poco menos que excursiones de rutina, pero la exploración del espacio es uno de los ejercicios mas arriesgados a los que se ha enfrentado el ser humano. Y en consecuencia uno de los mayores exponentes de la capacidad de nuestra especie para afrontar retos imposibles y superarlos.

Yuri A. Gagarin, el ser humano; alcohólico, mujeriego, soñador, padre, ...
Imperfecto y heroico. Frágil en suma. (Fuente: Wikipedia)

Hace ya 50 años del vuelo de Gagarin y sigue siendo fundamentalmente así, como lo demuestran los tristes accidentes del Challenger (28 de enero de 1986) y del Columbia (1 de febrero de 2003). Aunque nos cueste aceptarlo, el máximo exponente de nuestra capacidad tecnológica demuestra que estamos lejos de ser dioses, que no somos inmunes al azar y al desastre, que a fin de cuentas somos frágiles. Y que por ello deberíamos de amar mas la vida y el mundo, ese planeta del que el propio Yuri Alexeievich dijo, mientras lo circundaba en el vacío, "Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos".

* * *

Hace unos meses encargue a Yui Black un cartel para conmemorar desde el blog el aniversario del vuelo del Vostok I. No puedo por menos que hacer notar el gran trabajo de un gran diseñador, que ha sabido plasmar con intensidad dramática la fragilidad de la que hablo en el post.

Desmarcándose de la iconografía mas habitual (aunque siguiendo un delicioso estilo retro inspirado en el cartelismo soviético), que se centra en la figura hierática plasmada en las fotografías oficiales que el régimen soviético ofreció del primer cosmonauta, en las que no se reflejan ni el riesgo, ni la humana duda (ni por tanto la verdadera heroicidad del evento), él ha recogido la esencia real de aquel logro. Aunque en realidad Gagarin nunca salió de la cápsula, ésta forma de retratarlo refleja mas fielmente el reto, la soledad, la escasa distancia que lo separaba de la muerte, el débil cordón que lo mantenía a salvo a través de la tecnología de su nave.


Les recomiendo encarecidamente que se pasen por su blog para poder descubrir las fases creativas que siguió para alcanzar el diseño final (y que le he rogado que plasmase en una entrada al efecto). Les aseguro que no quedarán decepcionados.


(*): Frase pronunciada por Yuri Gagarin al alcanzar la órbita de la Tierra. Se puede consultar la transcripción de las conversaciones entre Gagarin y el Centro de Control aquí (Yuriesfera.net)

jueves, 14 de octubre de 2010

El centinela olvidado



Pese a que su nombre es Sa Torre des Cap (La Torre del Cabo), no está situada exactamente en éste, lugar que en cambio sí ocupa el faro del mismo nombre. Aun así no deja de ser impresionante su emplazamiento; sobre un acantilado abierto al sureste, dominando la entrada al golfo que constituye la costa sur de la isla.

Cuando la mirada se pierde hacia el mar frente a la Torre es imposible olvidar el casi imperceptible runrún que nos cuenta que allá lejos, tras el horizonte, tan sorprendentemente cercano y tan tristemente lejano a un tiempo, se alza la costa de otro continente. La costa de la Barbaría, deformación o tergiversación de Berbería, la tierra de los bereberes.


Se trata de un edificio de planta circular, de dos alturas, con recios y gruesos muros que alcanzaban mas de dos metros de espesor en la parte inferior. Se accedía por una pequeña puerta situada en el piso superior, alcanzable mediante una escalera móvil. La planta inferior era destinada al almacenaje de provisiones y polvorín, mientras que la superior contenía los aposentos de los centinelas. Sobre el techo había una terraza parapetada que servía como atalaya y en la que se ubicaba un cañón y un matacán desde el que se podía defender la entrada de la torre en caso de ataque o asedio, los restos del cual aun son visibles.

Esquema de torre defensiva mediterránea, en este caso la Torre des Savinar (Ibiza). Dibujo de
Paul R. Davis (2009) extraído de su obra "Ibiza y Formentera. El legado histórico".

Durante mas de medio siglo la torre, que es mucho mas joven de lo que parece pues data de la década de 1760, se constituyó en la primera atalaya desde la que se espiaba la funesta llegada de los famosos piratas berberiscos desde el sur, desde Argel, así como las no menos peligrosas incursiones de la flota británica. Y pese a su escaso tamaño, era (junto a las demás de su tipo por todo el Mediterráneo) todo un ejemplo de fortaleza defensiva; se cuenta que, en 1794, dos barcos de guerra ingleses bombardearon durante días la torre de Cape Mortella, en Córcega, sin causarle prácticamente daño alguno reseñable ni bajas o heridos entre los 30 soldados que la defendían.

Hoy la Torre des Cap descansa abandonada guardando la República de las Gaviotas y la alegre Comuna de las Sargantanas, en el páramo rocoso achicharrado por el sol que quedó tras la deforestación de toda la zona del Cap de Barbaría en aras de la ganadería ovina y caprina. Y en su soledad no cuesta imaginar los días eternos y las noches de vigilia de sus centinelas, siempre frente al mar, siempre expectantes, bajo la cortante tramontana o bajo el sol abrasador de julio. O bajo el arco sublime de la Vía Láctea, cuando el tiempo se detenía bajo la bóveda en aquella época que nos parece tan lejana, en la que la contaminación luminosa aun no tenía ni nombre.