
Como me recordaba hace poco un amigo, llevamos al menos 40.000 años preguntándonos por el mundo y por su sentido. Una eternidad, por lo menos visto desde la frágil y huidiza vida de un ser humano, tratando de saber quiénes somos y de aliviar nuestra soledad existencial.
Si trajésemos hasta aquí, hasta el presente, atravesando ese océano de tiempo a uno de nuestros antepasados a buen seguro nos creería dioses. Hemos comprendido las reglas básicas de la naturaleza, la hemos dominado y sometido, hemos abarcado con nuestros brazos el mundo y lo hemos explorado hasta el último de sus rincones. Podemos volar, comunicarnos unos con otros a miles de kilómetros de distancia, hemos escuchado los ecos de la creación y hoyado la superficie de otro mundo. Nuestro mundo sería un galimatías alucinante para él. Y sin embargo, ninguno de nosotros sería capaz de entender el mundo, la vida y a sí mismos como él.
Y cuanto menos entendemos el mundo y a nosotros mismos mas nos empeñamos buscar algo o alguien que nos devuelva el sentido del equilibrio. Solo que ese algo o alguien o no nos escucha o somos incapaces de oírlo. De modo que en cuanto encuentran a alguien que afirma tener comunicación con ello, muchos lo creen sin mas.
Buscamos alivio a males que nosotros mismos hemos creado. Esperamos de la trascendencia que nos absuelva del mal o de la apatía, y que nos conforte con la promesa de un futuro en el que queden resarcidos. Y mientras dejamos que todo transcurra igual.
Hace casi 2000 años, un profeta, un tal Yehud ben Josef, enseñaba por las aldeas y ciudades de Palestina que el primer y mayor de los mandamientos de la ley de Dios era amarnos los unos a los otros. A mi me parece que ello implica escucharnos, a los demás y a nosotros mismos. De entonces a ahora sus discípulos han venido discutiendo sobre cosas como si la fe y la observancia estricta del dogma eran condiciones necesarias y suficientes para la salvación, sobre si las mujeres poseían un alma inmortal como la de los hombres o sobre si considerar la posibilidad de que el ser humano descienda del mono es una afrenta a Dios. Pero se han olvidado casi por completo (¿sobra el casi?) de aquel mandamiento. Y no son los únicos.
Ahora que el mundo parece estar viniéndose abajo, muchos vuelven sus ojos en busca de Dios o de su remedo. Esperan una señal, una guía. Pero cada vez parece mas lejano, mas ausente. ¿Qué podíamos esperar si hacemos tanto ruido que ya no nos escuchamos ni los unos a los otros? Viendo lo que hay que ver, yo también desconectaría el teléfono.