Existe una serie de cosas que tenemos tan interiorizadas que ni siquiera nos tomamos la molestia de plantearnos seriamente si son verdad. Forman parte de ese andamiaje imperceptible sobre el que la sociedad, a través de la cultura popular, cimenta su visión del mundo. Una de esas cosas es la afirmación de que la ciencia y la tecnología, al menos su paroxismo actual, son producto genuino de nuestro modelo socioeconómico, la democracia capitalista liberal.
Esa impresión se asienta sobre una determinada colección de "hechos incontestables"; que la ciencia, como tal, es un producto histórica y socialmente ligado a la civilización occidental europea; que a lo largo de los siglos el progreso científico/tecnológico ha ido de la mano del progreso económico y de la apertura política; y que la iniciativa privada ha sido la directa responsable de los fantásticos avances tecnológicos que configuran nuestro mundo precisamente en el momento en el que esa iniciativa tiene el mayor peso específico socioeconómico de la historia. Y como bien vale un botón de muestra, se termina poniendo el ejemplo de la desaparecida Unión Soviética y su incapacidad (supuesta) de mantener el pulso tecnológico con occidente, pese a y como consecuencia de, su economía dirigida y su régimen opresor.
Pero ¿es verdad esta afirmación?¿La libre competencia en un entorno de libre empresa es el mejor caldo de cultivo para el progreso científico/tecnológico?¿abandonar esta forma de economía traería como consecuencia inevitable la paralización de la innovación y el retorno del oscurantismo? Para responder habría que hacerse una pregunta mas: ¿en qué medida la innovación mercantil a dado lugar a descubrimientos científicos? Pues bien, en ninguna.
Meter ciencia y tecnología en el mismo saco es engañoso. El proceso que lleva a investigar y descubrir las propiedades de un quásar no se corresponde con el que lleva a desarrollar un nuevo reproductor de música en formato comprimido. En el primero el objetivo final es un bien en sí mismo (incrementa nuestros conocimientos), mientras que en el segundo, el objetivo carece de significado hasta que una campaña de márketing genera una necesidad creada (y, en consecuencia, artificial) en la sociedad. Podríamos decir que el objetivo de la tecnología (al menos en su actual sentido mercantil) es difuso, líquido, siguiendo la terminología de Zigmund Bauman.
De hecho, la ciencia base, sobre la que se asienta inescusablemente todo progreso tecnológico actual, es fundamentalmente antieconómica (no es rentable, vendible, comercializable). Es por ello que depende casi en exclusiva de los fondos públicos para sostenerse. Por ejemplo la astronomía, o la exploración espacial o incluso el desarrollo de nuevas fuentes de energía. En ninguno de esos campos se invertirá jamás ni un euro de fuentes privadas, al menos hasta que la inversión pública fructifique en avances que DEMUESTREN ser económicamente rentables y nunca antes. ¿Qué pasaría si no hubiese instituciones públicas encargadas de la investigación base, como las universidades o las agencias espaciales?
Pongamos un ejemplo; Supongamos un mundo en el que han triunfado las premisas del ultraliberalismo y el Estado se ha retraído hasta su mínima expresión, en el que no existen universidades públicas ni dinero para caras y esotéricas investigaciones, un mundo que le ha dado la espalda a la astronomía porque nada en las estrellas es vendible en la Tierra. Bueno, puede que usted no sea aficionado a la astronomía y piense que después de todo tampoco sería una tragedia. Ciertamente, pero reflexione; en un mundo así no se habría investigado en óptica avanzada, no se habrían ingeniado ni desarrollado los sensores digitales (los CCD y los CMOS) que nacieron como detectores astronómicos, no se habrían estudiado los principios de la óptica adaptativa. En definitiva, en ese mundo no existirían las cámaras digitales. Y es curioso porque pensamos que éstas son un genuino ejemplo de progreso tecnológico impulsado por el afán comercial. Pues bien, multiplique este ejemplo por miles, por decenas de miles de desarrollos tecnológicos que han nacido al calor del avance científico en áreas "abstractas".
Si cedemos completamente los espacios de lo público a la iniciativa privada corremos el peligro de llegar a esa situación. Tarde o temprano la investigación base se abandonaría o se arrinconaría en favor de la tecnología "comercial", ralentizándose primero el progreso científico y estancándose, después, el tecnológico. Simplemente porque éste último es imposible sin el primero. Llegaríamos a un mundo carente de verdadera innovación, un mundo dominado por el "utilitarismo". ¿Y qué piensan que pasaría con el arte, la filosofía o la historia? La economía no puede ocupar todo el espacio de lo social o habremos cavado nuestra propia tumba como civilización. Y denle una vuelta mas al razonamiento; la ciencia y el progreso seguirán ligados a nuestra civilización aunque cambiemos de rumbo. El único riesgo de retornar a una época de oscurantismo es sucumbir a la locura de la privatización global. Sean sinceros; ¿no lo notan ya?.
P.D.: La fotografía corresponde al edificio del telescopio de 2.2 m del MPIA-IAA en el Observatorio de Calar Alto (Almería), tomada en 1994 con mi vieja Pentax K1000.