
A veces, por una rara conjunción de factores, ciertas personas nacen con un don especial. Y a veces ese don se alberga en las manos. Y en la mente, claro, porque si no las manos por sí solas serían impotentes. Esas personas son artistas.
Es increíble, casi mágico, contemplar como lo que es solo una construcción de la mente toma cuerpo, volumen, y salta del mundo de las ideas al de la realidad palpable con los simples y suaves movimientos de unas manos que casi parece que, mas que construir, acariciasen el espacio y fuese la propia forma la que tomase cuerpo bajo sus palmas.

Yo tengo la inmensa suerte de que uno de ellos es mi propio padre. Y de que, aunque sea con cuentagotas, sus manos diesen forma entre otras muchas cosas a uno de mis iconos. Porque él es un constructor de barcos.
Fabrica en maderar cada pieza, perfectamente a escala, y las ensambla siguiendo planos que solo están en su mente; una vez talló sobre un tronco el famoso "Mayflower", con el que colonos puritanos cruzaron el atlántico hasta las entonces novedosas tierras de América en 1620. Y era tal la riqueza, exquisitez y realismo de los detalles que parecía imposible.


Y en otra ocasión construyó ante mis ojos fascinados de adolescente esta fragata española de la década de 1710, que permanece inacabada porque, como todos los artistas, su impulso creador es intenso pero breve y caprichoso y no pocas veces le lleva a abandonar durante años, incluso para siempre, obras casi finalizadas.
A mí, francamente, me parece increíble que alguien pueda hacer estas pequeñas maravillas, yo que soy casi un completo negado para las artes manuales. Solo espero que algún día finalmente lo pueda ver en todo su esplendor, con toda su arboladura y su potente presencia. Y que así pueda enseñárselo a mi hijo y contarle como son y como hacen magia las manos de un artista.
